Vicky, yo, Cristina, Barcelona

Este puente fui a Barcelona, yo sólo, a estar con mi hija Cristina. Quería como padre, disfrutar de su compañía y la verdad es que lo conseguí.

Me estaba esperando en la estación del Ave el jueves al anochecer, cenamos tranquilamente en su casa, trabajó un rato, leí mientras tanto, charlamos y nos acostamos pronto.

El viernes por la mañana ella fue a su Hospital a trabajar, yo deambulé por su barrio y esperé a que me recogiera y bajamos hacia Las Ramblas. Cominos en el Restaurante del Ateneo el menú del día.

Ella me había hablado del Ateneo Barcelonés, del que se había hecho socia. Luego me enseñó el Edificio. Entramos en el zaguán o mejor patio de entrada del que arranca una noble escalera de piedra y al que dan varias ventanas, ya iluminadas, de alguna de las salas de lectura.

Pasamos al patio interior, amplio, cuadrangular, con varias palmeras de gran altura, que denotan los años del edificio. Conocido como Palacio Savassona, data del siglo XVIII, y con otros árboles y plantas y sus mesas salpicadas aquí y allá, crean una atmósfera apropiada para la tertulia, las confidencias y por supuesto la Política.

Subimos la escalera y ya en las salas, cubiertas sus paredes por estanterías de puertas acristaladas y llenas de volúmenes de todas las épocas y ciencias, con sus techos o bien artesonados o pinturas murales, vi las grandes mesas de tableros de cuero verde e iluminados por lámparas de grandes tulipas y llenas de una juventud estudiosa y trabajadora con sus ?apples? y blocks de notas, contrastando con el bullicio dejado atrás de las Ramblas. Leí en un rincón mientras Cristina trabajaba en su portatil.

El sábado improvisamos por la tarde la asistencia al partido Barcelona-Celta, fuimos con una amiga de Cris, su novio y sus padres, socios y catalanes de Olot, en la profunda Gerona. Todos encantadores y debo decir que en todo el puente no oí hablar de Independencia, ni de Política.

Sentimientos raros, amores divididos, aplaudiendo los goles de uno y otro equipo, orgullosos del buen juego del Celta y aceptando con triste alegría la superioridad del Barsa. Cristina disfrutaba con alegría casi infantil el espectáculo, y yo recordaba su concentración del día anterior en el Ateneo.

El domingo amaneció como un día gris y lluvioso y lo pasamos en casa. Salimos a comer, como todos los días, y volvimos a casa.

Si salíamos a comer, cenábamos en casa y sentados cara a cara en la galería las conversaciones fluían fácilmente, llenas de confidencias, de padre a hija y viceversa.

Siempre fue así. En sus tiempos de estudiante en Santiago, comíamos cada semana en el San Clemente, donde yo hablaba con toda confianza y sinceridad con mi hija pequeña. Esta vez fue también así y ella me correspondió.

Estas conversaciones colmaban mis expectativas del Puente.

El domingo pasó toda la tarde trabajando en su portátil, con una expresión seria y concentrada en su ?Appel? mientras yo leía, sentado a un lado, observando sin ser visto, su perfil, paladeando el momento, sabedor que pasarían meses antes de poder repetir esta intimidad.

Me apenaba al mismo tiempo verla trabajar, sabiendo que al día siguiente empezaba una semana más de trabajo en el Hospital.

Me apenaba al mismo tiempo imaginarla otros domingos, trabajando sola en aquel piso, sin otra compañía.

Algo le comenté y lo justificó con su Tesis Doctoral, en sus últimos esfuerzos, en el inminente Congreso que organiza su Servicio y en el que tiene Ponencia, en que no siempre era así, en que estaba bien sola, pero yo?.

El lunes a media mañana fui a su Hospital para que me hiciera una revisión completa, pospuesta varias veces.

Me puso en calzoncillos y como un San Lorenzo, vuelta y vuelta en la parrilla, digo en la camilla, recorrió toda mi piel con su dermatoscopio,  comentó una vez más la cantidad de queratosis que tenía y descubrió un naciente epitelioma basocelular debajo de mi tetilla derecha y otro dudoso en mi calva, los marcó con un rotulador, me aplicó con la ayuda de un residente, un aparato llamado Confocal, que debe ser una especie de microscopio electrónico, que les permitía ver en una pantalla la estructura, que comentaban con su lenguaje científico.

Después mi hija, con cariño, delicadeza y determinación, me anestesió las zonas marcadas, me sajó, cosió y con dos besos en la estación me devolvió a Madrid.

 

 

 

 

Madrid, 8 de Noviembre, 2012

Publicada 21/06/2015

  • Visualizado 440 veces
  • Le gusta a 0 personas

Los comentarios están desactivados para esta publicación.


Denunciar Publicación