Ni Gauapa, ni Fea

De los muchos primos por parte paterna que he tenido, hay uno cuya historia siempre me sedujo.

Murió no hace mucho tiempo y su muerte, cuando era un hombre relativamente joven, fue un final lógico a una vida sin suerte.

Pero ¿Cómo puedo decir sin suerte?

Era el más guapo de sus muchos hermanos y como decimos en Galicia, ?e inda por riba? era simpático y vitalista y por sus grandes ojos azules comunicaba su bondad y afectividad.

Cuando terminó su carrera de Marino, mi padre le consiguió un puesto en un mercante para que iniciara su vida de marino.

Partía del puerto de Vigo y ese día mi padre, pasando un brazo sobre el hombro de mi madre, desde una ventana del piso donde vivíamos, le señaló un barco que pasaba por la Ría camino de una de las bocanas de las Islas Cíes y le dijo:

-Leonor, en ese barco va nuestro sobrino.

Sonó el timbre de la puerta, mi padre fue a abrir y se encontró a mi primo que le dijo:

-Tío no puedo irme. Quiero a Rosiña y voy a casarme con ella.

Esta parte de su historia me la contaron. Yo era el menor de todos los primos.

Por supuesto que se casaron y tuvieron bastantes hijos, seis, si no me equivoco.

Vivieron en una modesta casa con terreno en El Rosal, con el vacio de casi toda su familia. Una casita que heredó de su padre.

Trabajaron su campo, tuvo granjas de gallinas ponedoras, de conejos, de visones, de pollos de engorde. Siempre algo salió mal. Emigró a Venezuela y mientras otros volvían más o menos ricos, el volvió como se fue. Peor porque se mató a trabajar de camionero abriendo carreteras en la Selva.

Pero el no paró nunca de trabajar y las cosas tan mal no le salieron pues dio estudios a todos sus hijos. Y algo le salió muy bien y eso fue Rosiña.

Rosiña era una humilde campesina sin estudios ni cultura.

No era ni guapa, ni fea. No tenía un tipo bonito, pero lo quería con toda su alma y recibía de el aún más amor. Y duró toda su vida.

En su casa siempre se respiraba una alegría, un aire especial, producto de ese amor.

Yo tuve la oportunidad de vivir un amor así.

Con unos 18 años, conocía una chica en un baile veraniego, que me llamó la atención, la verdad, porque tenía unos pechos grandes. Bailamos una y otra vez y yo notaba que le gustaba. La busqué en todos los bailes de aquel verano y como se dice ahora, nos enrollamos.

Aurora era una chica de familia muy humilde, ni guapa, ni fea, y con un tipo no bonito.

Yo establecí unas normas. Yo la buscaba, nunca ella a mí. Salíamos al anochecer y buscaba sitios discretos. En el fondo me avergonzaba un poco de la relación. Mientras tenía novias la evitaba y cuando me apetecía la llamaba y ella aceptaba esta relación, casi de querida. Ella estaba perdida por mi y yo me perdí quizás, una vida feliz con ella, una vida como la de mi primo, porque me negué a darle el amor que recibía. Me pudo el sentido de la diferencia de clases y ?el que dirán?.

Duró unos pocos años, hasta que un día la busqué y no la encontré nunca más. Supe después que se había marchado a Londres. Se casó y formó su familia.

En otro relato dije que con la mayoría de las mujeres fui un cabrón o un cobarde.

Con Aurora fui las dos cosas en grado superlativo.

Inés es de familia más bien humilde, pero estudió y se forjó una vida de éxito en su trabajo.

No es ni guapa ni fea, no tiene un tipo bonito, pero me quiere de una forma que la hace hermosa a mis ojos y yo la quiero y quiero que sea feliz y no pienso tropezar otra vez en la misma piedra. Quiero aprovechar esta última oportunidad de ser feliz.

Publicada 20/06/2015

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