El Espectador

La primera lectura que me dejó un imborrable recuerdo fue un pasaje de las Antiguas Escrituras.

Un Ejército de Filisteos se dirige a una batalla. Hace mucho calor y la sed aprieta. La tropa murmura y los mandos hacen llegar al Rey, que encabeza la marcha, la necesidad de una parada. Están siguiendo el curso de un rio y esto hace más insoportable la sed.

Por fin el Rey permite que el Ejército de detenga y que la tropa beba.

Hay un gran número de soldados que arrojan sus armas y se abalanzan sobre la orilla, sumergiendo su rostro en el agua. Otros hincan la  rodilla y con su mano libre de armas, llevan el agua a su boca. Aparte un grupo de caballeros que rodean al Rey, contemplan la escena, montados en sus caballos.

El Rey dice a sus oficiales:

-Todos los que desecharon sus armas y se abalanzaron sobre el rio no irán a la batalla. Son débiles y cuando el enemigo ataque ellos huirán en desbandada.

Ese es mi recuerdo, no será fidedigno ni literal, tal vez ni siquiera fueran Filisteos.

El relato venía ilustrado con un dibujo en blanco y negro y eso me hace ver la escena con increíble nitidez para los más de sesenta años que han pasado.

El poder de la escritura sumado al poder de la imagen. Una imagen a plumilla sin soñar con el color ni mucho menos con el 3D.

Esa lectura dejó en mi algo mucho más importante y duradero que la anécdota en la memoria. Fue toda una enseñanza, un patrón de conducta que marcó mi actitud ante la vida.

La moderación ante el placer y el dolor. El dominar los impulsos elementales, desde la ira al apetito y la sed. Un patrón de comportamiento, al que procuro seguir, no siempre con éxito.

Claro que esa actitud de dignidad y cierta distancia con el deseo, me privó de disfrutar hasta la última de gota de situaciones de placer, pero también me otorgó un punto de distanciamiento cerebral y sobriedad ante el dolor de la pérdida.

Mientras escribo estas líneas me viene a la memoria un día de mi etapa de montañero.

Estando en el local de Montañeros Celtas, un día,  un veterano preguntó quien quería acompañarlo ese fin de semana al monte Pedroso en La Cañiza. Levanté mi mano y me ofrecí y al final fui el único, y allá no fuimos los dos, como cabras en el monte pelado, sólo habitado por conejos y piedras.

Tendría unos quince años y en mi mochila puse un libro de mi padre, bellamente encuadernado, que estaba leyendo entonces.

Era una edición de los artículos que escribió Ortega bajo el título de ?El Espectador?.

Ortega observaba y contaba, filosofando, lo que sucedía en todos los ámbitos en España, pero desde su altura intelectual, siempre como espectador, no se involucraba, por lo menos a fondo y era el lector, si acaso, el que tenía que implicarse.

Si al principio estas anécdotas vitales parecían no tener nada que ver entre sí, de repente me veo como espectador de la escena antes de la batalla y como espectador de los montes y valles desde el Pedroso, sentado en su cumbre y sobre una piedra.

Espectador casi siempre de la vida. Espectador durante las clases de Bachillerato, sin atender al Profesor. Espectador en el Deporte, en la Política, en la Religión, a veces en el amor.

Espectador el otro día en una terraza, en la Plaza del Charco en el Puerto de la Cruz, de una pareja sobre los sesenta años, que bailan solos, delante de un dúo canario que entonan canciones sudamericanas, isas y folías.

Bailaban de una forma  armoniosa, cadenciosa y sensual al tiempo que elegante, no fruto de clases de baile de salón, si no de la que dan los años de práctica y el amor común por el ritmo y la melodía, que la pista era para ellos.

Volvimos al cabo de unos días y las mismas canciones, la misma pareja, las mismas sensaciones en mí, la misma noche cálida, mientras sentado cómodamente, sorbiendo lentamente mi caipiriña, vuelvo a ser un espectador feliz y envidioso.

Escritura y dibujo que se refuerzan. Música y danza que se complementan.

La primera lectura que me dejó un imborrable recuerdo fue un pasaje de las Antiguas Escrituras.

Un Ejército de Filisteos se dirige a una batalla. Hace mucho calor y la sed aprieta. La tropa murmura y los mandos hacen llegar al Rey, que encabeza la marcha, la necesidad de una parada. Están siguiendo el curso de un rio y esto hace más insoportable la sed.

Por fin el Rey permite que el Ejército de detenga y que la tropa beba.

Hay un gran número de soldados que arrojan sus armas y se abalanzan sobre la orilla, sumergiendo su rostro en el agua. Otros hincan la  rodilla y con su mano libre de armas, llevan el agua a su boca. Aparte un grupo de caballeros que rodean al Rey, contemplan la escena, montados en sus caballos.

El Rey dice a sus oficiales:

-Todos los que desecharon sus armas y se abalanzaron sobre el rio no irán a la batalla. Son débiles y cuando el enemigo ataque ellos huirán en desbandada.

Ese es mi recuerdo, no será fidedigno ni literal, tal vez ni siquiera fueran Filisteos.

El relato venía ilustrado con un dibujo en blanco y negro y eso me hace ver la escena con increíble nitidez para los más de sesenta años que han pasado.

El poder de la escritura sumado al poder de la imagen. Una imagen a plumilla sin soñar con el color ni mucho menos con el 3D.

Esa lectura dejó en mi algo mucho más importante y duradero que la anécdota en la memoria. Fue toda una enseñanza, un patrón de conducta que marcó mi actitud ante la vida.

La moderación ante el placer y el dolor. El dominar los impulsos elementales, desde la ira al apetito y la sed. Un patrón de comportamiento, al que procuro seguir, no siempre con éxito.

Claro que esa actitud de dignidad y cierta distancia con el deseo, me privó de disfrutar hasta la última de gota de situaciones de placer, pero también me otorgó un punto de distanciamiento cerebral y sobriedad ante el dolor de la pérdida.

Mientras escribo estas líneas me viene a la memoria un día de mi etapa de montañero.

Estando en el local de Montañeros Celtas, un día,  un veterano preguntó quien quería acompañarlo ese fin de semana al monte Pedroso en La Cañiza. Levanté mi mano y me ofrecí y al final fui el único, y allá no fuimos los dos, como cabras en el monte pelado, sólo habitado por conejos y piedras.

Tendría unos quince años y en mi mochila puse un libro de mi padre, bellamente encuadernado, que estaba leyendo entonces.

Era una edición de los artículos que escribió Ortega bajo el título de ?El Espectador?.

Ortega observaba y contaba, filosofando, lo que sucedía en todos los ámbitos en España, pero desde su altura intelectual, siempre como espectador, no se involucraba, por lo menos a fondo y era el lector, si acaso, el que tenía que implicarse.

Si al principio estas anécdotas vitales parecían no tener nada que ver entre sí, de repente me veo como espectador de la escena antes de la batalla y como espectador de los montes y valles desde el Pedroso, sentado en su cumbre y sobre una piedra.

Espectador casi siempre de la vida. Espectador durante las clases de Bachillerato, sin atender al Profesor. Espectador en el Deporte, en la Política, en la Religión, a veces en el amor.

Espectador el otro día en una terraza, en la Plaza del Charco en el Puerto de la Cruz, de una pareja sobre los sesenta años, que bailan solos, delante de un dúo canario que entonan canciones sudamericanas, isas y folías.

Bailaban de una forma  armoniosa, cadenciosa y sensual al tiempo que elegante, no fruto de clases de baile de salón, si no de la que dan los años de práctica y el amor común por el ritmo y la melodía, que la pista era para ellos.

Volvimos al cabo de unos días y las mismas canciones, la misma pareja, las mismas sensaciones en mí, la misma noche cálida, mientras sentado cómodamente, sorbiendo lentamente mi caipiriña, vuelvo a ser un espectador feliz y envidioso.

Escritura y dibujo que se refuerzan. Música y danza que se complementan.

 

Mougás, 10 de Julio, 2012

Publicada 20/06/2015

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