Amor de madre

Hijo: desde que leí tu carta estoy triste y preocupada. Veo que sufres, y no poder estar a tu lado me rompe el corazón. Sabes que soy mujer acostumbrada a las ausencias. Cuando se vive casada con el mar lobo  no puede ser de otro modo. Perdí a tu padre. Perdí a tu hermano. Y lo asumí. Incluso después de sus pérdidas seguí luchando. ¿Qué otra cosa podemos hacer? ¿lamentarnos hasta que nos alcance la muerte?

He sufrido tanto de ausencias que las tuyas no me supieron a nuevas. Pero también te digo que siempre supe, de algún modo, que no tendrías el final de tu padre y de tu hermano. Si el mar te hubiera querido para él te hubiera comido cuando niño. No, vuestra lucha es distinta. Como si os disputarais el mundo que se esconde en el horizonte. Como si la pelea consistiera en saber quién va más lejos, más rápido.

¿Acaso me quieres contar que te has rendido? ¿tú? No lo consiento. Ni por ti, ni por tu hija, ni por la memoria de todos aquellos que han partido para que nosotros sigamos aquí. Porque de eso se trata, hijo mío, de estar donde hay que estar y por lo que hay que estar.

En cualquier caso, Roxo, hijo mío, haz lo que debas. Pero hazlo. Deja de lloriquear por no sé qué destinos ni qué tragedias. Aquí hay gente que te quiere y que te necesita. Aquí, junto al mar lobo, donde sabemos a cómo va la vida y a cómo va la muerte.

Roxo, hijo, vuelve.

Tu madre que te quiere.

Publicada 01/07/2015

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