La revolución es ilegal

En la España de la crisis, la legalidad está acosada, el orden amenazado y el poder cuestionado. La percepción se ha convertido en una controvertida realidad: lo recuerdan a diario centenares de voces de ley, orden y poder. No se puede cercar el Congreso porque es un remedo golpista del 23-F. No se puede insultar a los políticos porque es una reverberación nazi. No se pueden publicar según qué informaciones  porque amenazan el orden natural. Poder por poder se pueden hacer pocas cosas en esta España crispada, herida y de vuelta de todo. Pero lo cierto es que se hacen porque ley, orden y poder están abiertamente en cuestión. Es razonable preguntar por qué o por quién está cuestionado. ¿Por ciudadanos filo-etarras? ¿Por ciudadanos filo-nazis? ¿Por ciudadanos filo-ciudadanos? Si fuera así hasta se podría ver la luz al final del túnel. Desafortunadamente no se ve luz alguna y la oscuridad reinante proviene de quien detentando la responsabilidad de dar ejemplo siembra la ira por maldad, dejadez o incapacidad. La oscuridad emana del político que convierte los votos en coartada despótica. Del empresario que confunde el beneficio con el latrocinio. Del juez que prevarica desde la atalaya que le confiere la ciega justicia. Del editor que convierte la información en objeto de canje de favores. De ahí proviene la oscuridad insondable que acecha a una ciudadanía ahíta de sacrificios propios y de corrupciones ajenas. En estos momentos, nuestro país se yergue sobre la indignación de un pueblo cuya voz es el último vestigio fidedigno de quiénes somos. Una voz que, inevitablemente, para los que representan la ley, el orden y el poder es ilegal. Nunca ninguna revolución ha sido legal. Simplemente ha sido.

Publicada 01/07/2015

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