Amazonas en Gibraltar

Aprieta el calor en el agosto de Madrid. En una suerte de limbo vacacional practico esa maravillosa gimnasia pasiva que es la siesta ante el televisor. Todavía me alcanza el ruido de los informativos. Hay mucha brasa con el tema de Gibraltar. Un culebrón veraniego de libro: Gibraltar español, Gibraltar inglés, Gibraltar gibraltareño... Gibraltar siempre estará ahí para poder echarle mano en época de sequía informativa o de necesidad desinformativa.

Siesteo bajo la sospechosa sombra antipatriótica que representa el dormirse una cuestión de Estado tan delicada. Lo hago a conciencia, alcanzo a oír mis ronquidos. Publicidad. Ronquidos más profundos me llevan a la falda de esa montaña de sueños que son los documentales sobre la naturaleza. Soy un hipopótamo dándome un baño de barro en la acequia. Ahora mis ronquidos son una pura muestra de felicidad. Divina siesta.

En la frontera del sueño la voz del documental dosifica datos e historia. Habla del Sahara, el desierto más grande del mundo (un punto de partida perfecto para seguir durmiendo). De la migración de tres millones de golondrinas que tienen que cruzarlo  en sus operaciones salida África-Europa. Y volver (me conmueve la fe ciega de esos pequeños pájaros). Me sobrecoge la historia de la rosa de Jericó cuyas semillas pueden permanecer latentes durante cien años a la espera de una lluvia renuente que apenas le dará para florecer una sola vez en la vida (los ronquidos ya han dado paso a una atención más que significativa).

La voz de la naturaleza me arranca definitivamente del sueño. En el Sahara está el mayor lago -desecado- del mundo. Desde el espacio es una inmensa superficie plateada. La pigmentación argenta procede de millones de partículas fosilizadas de algas que murieron hace millones de años. El viento del desierto las barre, las eleva y las transporta a través de todo el Océano Atlántico para depositarlas en el Amazonas. El recuerdo de las algas muertas del Sahara fertiliza el pulmón verde del planeta.

Tengo los ojos abiertos como platos. La siesta es un pecado lejano que apenas me ha privado de la magia catódica que me atraviesa el cerebro. Cómo se puede dormir una historia así. Estoy lo más cerca que he estado nunca de aceptar la existencia de una planificación divina. Me corrijo: es el ciclo de la vida del Rey León. Qué más da. Es sobrenaturalmente bello e interesante. Una historia antigua como la vida que tiene más vigencia informativa por su interés objetivo que el culebrón de Gibraltar.  Creo que la trascendencia de los documentales de naturaleza bien valen un prime time. Otra vuelta al qué más da. A nadie le importa de manera masiva la fertilización del Amazonas. Es tan lejana como cercana resulta una anodina infidelidad o una ingente retahíla de insultos vociferantes.

Después de todo, tal vez no ha sido tan buena idea abondar la siesta.

Publicada 29/06/2015

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