La encrucijada del Estado

El rey Guillermo de Holanda anunció ayer la desaparición del Estado de Bienestar y su sustitución por una "sociedad participativa", donde los ciudadanos que puedan deberán ser responsables de su futuro.

Al rey Guillermo, como a todos los reyes modernos, le escriben sus discursos. En este caso contiene el programa del gobierno holandés -actualmente una coalición de socialdemócratas y liberales- y marca el final del clásico Estado de Bienestar de la segunda mitad del siglo XX por una sociedad participativa.

Bajo esta denominación se extiende una filosofía de modelo de Estado en el que todo el que pueda debe hacerse responsable de sí mismo y del medio en el que vive.

La crisis del modelo de Estado liberal, democrático y capitalista no encuentra soluciones viables a los tres grandes gastos públicos: sanidad, pensiones y educación. En los últimos años, las sucesivas burbujas han revelado que la insostenibilidad del sistema radica en estos gastos estructurales. No en la especulación financiera. No en la construcción de castillos de naipes. No. En ninguno de estos frentes, que al fin y al cabo siempre se regeneran y acaban encontrando nuevo acomodo.

Sería legítimo negar la mayor y abogar por la búsqueda de modelos de gestión públicos más eficaces (parece lo razonable en este caso). Pero, sin necesidad de entrar en este debate -que presupongo técnico pero que enseguida se califica de ideológico- lo que se me ocurre es el nuevo modelo (el calificado de "participativo" por el rey de Holanda) representa una potencial enmienda al Estado en su conjunto.

La existencia de impuestos se sustenta en su utilización para la reversión de servicios a los ciudadanos. Si no hay servicios para qué mantener los impuestos. O al revés, si pagamos impuestos por qué debemos pagar por ir al médico, mandar a nuestros hijos al colegio o utilizar la red de carreteras.

La respuesta repetida hasta ahora es que la suma de años de despilfarro ha llevado al primer mundo al colapso. Para avanzar en mi reflexión sigo comprando respuestas que me resultan dudosas. En fin, de todos es sabido que en épocas de bonanza sobran las lealtades y que épocas de penuria abundan las traiciones.

Ya está. Me he ubicado en la mítica frontera del superviviente, la que se extiende ante el ciudadano que debe garantizar su futuro. En ese horizonte he sobrevivido a la crisis económica, a la muerte del Estado de Bienestar, a la desaparición de la sanidad y la educación pública, no disfruto de pensión alguna? está bien (no, no está bien, pero sigo en este paroxismo) ¿para qué necesito a los Partidos Políticos? ¿Para qué necesito a los Bancos? ¿Para qué necesito a los Jueces? ¿Para qué necesito al Gobierno? Y, sobre todo, ¿para qué necesito al rey? Especialmente si es de Holanda.

Publicada 29/06/2015

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