Días para no volar

Era mi primera vuelta aérea. Han pasado demasiados años. Aunque las nubes apenas dejaban ver los picos de las ?tres tetas? que se extienden al Este del aeropuerto de Peinador, el meteorólogo, a punto de jubilarse, tuvo compasión de mi cara de frustración observando el cielo:

-No te preocupes. Haz el plan de vuelo, vete al avión, que llamo a la torre y subimos un poquito el techo de nubes.

Dicho y hecho. Allí nos fuimos al ?avión?, una Rallye recién comprada de cuarta mano en Cuatro Vientos a un instructor de Fuerteventura. En el manual decía que su motor Rolls-Royce desarrollaba 100 CV. Yo siempre sostuve que no los dio ni cuando lo probaron en la fábrica, pero en fin? el dinero del club no daba para más.

Alineamos la pista 20 de Vigo y cuando apenas nos habíamos elevado 500 pies supe que me había equivocado. No tenía que estar allí. Mi copiloto irradiaba felicidad -esa que regala la ignorancia- mientras yo me debatía entre seguir rumbo al aeródromo de Rozas en Lugo o dar media vuelta y dejarlo para otro año.

De frente, el panorama era desolador. Algunas nubes bajas tapaban montes, pueblos y parques eólicos. Pero volando bajo, muy bajo, se podía avanzar sin perder el contacto visual con el suelo. Hacia atrás, todo se veía peor.

Llevábamos un buen trecho recorrido cuando divisamos la pista de los aviones contraincendios de Beariz. Estaba vacía. Unas millas más adelante los divisamos trabajando al oeste, apagando un fuego que humeaba con rabia opaca.

Eran dos aviones. Uno descargaba detrás de otro. A punto estuvimos de hacerles una foto. De repente, uno de ellos, el segundo en la fila, apareció entre el humo, giró repentinamente 90 grados y se fue directo al suelo. De frente, por la trocha. Ni un rasguño a los árboles aledaños. Ese chico murió roto y calcinado. 

Sonó la radio. Era Santiago preguntando si habíamos visto el avión. Le confirmé el accidente y, aunque me ofrecí a volar hasta el punto del siniestro para señalarlo, en mi interior rogaba que no fuese necesario. La Rallye no estaba para esos trotes.

Por fin divisé Lugo; entré en Rozas demasiado alto. Tanto que con el avión lo más sucio posible, flaps y slats abajo, apuraba la velocidad al límite superior en esa configuración porque ese día no me quedaban ganas de volar.

Cuando bajamos del avión, todos habían recibido ya la noticia del accidente. El fallecido era un chico chileno que acababa de firmar su primer contrato con una aerolínea comercial. Eran sus últimos días apagando fuegos en Galicia. ?No lo pienses más?, me dijo alguien. Y nos fuimos a hacer el briefing para la primera etapa.

Maldito pirómano.

Publicada 29/05/2014

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